Elecciones presidenciales, lecciones esenciales. El Perú, en el año del bicentenario de su independencia. Rogelio Oré

En un ambiente tenso y maniqueo, como el que actualmente se respira en Perú, cualquier opinión es “cogida por el cuello” y atacada, o aplaudida, según lo que cada quien cree. No hay lugar para los puntos coincidentes, o divergentes; para el diálogo. Todo, o nada. La ciudad contra el campo. Liberales contra socialistas; los unos contra los otros. El país bulle, a causa de las últimas elecciones políticas.

Esta confrontación ha sido exacerbada por el grupo perdedor, y por ciertos medios de prensa y empresarios que se resisten con vehemencia a aceptar los resultados y las normas de la democracia. Incluso se ha acosado en sus viviendas a directivos de las instituciones encargadas de las elecciones, como son el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) y la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE). Organismos que, con sus errores y aciertos, han mantenido a flote la democracia del país en los últimos cuarenta años, desde que cayera el último régimen militar.
Recientemente algunos militares en retiro se han manifestado en contra de las últimas elecciones, alegando irregularidades, sin presentar ninguna prueba. Incluso se han atrevido a pedir nuevas elecciones. La candidata perdedora, a imitación del ex presidente Trump, niega los hechos y se inventa una realidad paralela. Los ciudadanos, atrapados entre dos fuegos, se pliegan a uno u otro bando, conminando al resto a tomar partido, dejando nulo espacio a la abstención o la distancia.

La crispación en las calles y en la prensa ha llegado a niveles críticos. La política ya casi ha quedado al margen para dar paso a ataques personales, fratricidas; para denigrarse unos a otros por su posición económica, cultural, incluso racial; haciendo que emerjan taras atávicas que parecían haber menguado. En las redes sociales, amigos -quizá llevados por una buena intención, pero equivoca decisión- publican post agresivos para defender sus ideas, con nula actitud de escucha o empatía a los enfoques de otros.

Probablemente la extenuante pandemia –que se sumó a la prolongada crisis de corrupción política que asola al país desde hace años- haya afectado la ecuanimidad de las mayorías. Lo cierto es que la tensión ha llegado a niveles peligrosos. Explicaciones psicológicas o culturales pueden existir. Lo que no parece sensato es sumarse a ese turbio ambiente.

Calmar la agitación extrema es el primer paso, para ambos bandos. Aceptar que, aun con sus limitaciones, la democracia es el paraguas fundamental para la marcha del país. Si cada quien se siente dueño de la verdad y quiere imponerla por la fuerza solo nos espera el caos. El Perú ya vivió una etapa convulsa en los años 80 como para no repetirla jamás. La ciudadanía debiera entender que mientras se enfrasca en conflictos coyunturales… Roma empieza a arder.

Si bien el gobierno peruano ha acelerado la vacunación en las últimas semanas, la pandemia no retrocede. El narcotráfico actúa con más impunidad, y la crisis económica se ha instalado ya en los hogares. Parece obvio que los peruanos frente a este escenario no debiéramos tocar la lira, como hacía Nerón… Para retomar el rumbo correcto necesitamos decencia y magnanimidad; dos palabras ancianas, pero absolutamente indispensables para estos tiempos.

A doscientos años de que el general José de San Martín proclamara la independencia del Perú (1821), paradójicamente el país se encuentra sumido en un desconcierto similar al de aquella época, donde las pullas y luchas por el poder se sucedían a un ritmo vertiginoso. En el Perú actual, moderno y deseoso de pertenecer a la OCDE, el país ha tenido ya tres presidentes en los últimos seis meses. Es impostergable un acuerdo nacional de todos los sectores, por el bien del país.

18.06.2021